SE FRACTURA MENTE SOCIAL DE SINALOA
ESTADO DE HIPERVIGILANCIA Y NORMALIZACIÓN DEL TRAUMA EN EL INCONSCIENTE COLECTIVO SINALOENSE
Ernesto Alonso López
TEXTO X
Si la sociedad sinaloense entrara hoy a consulta, no llegaría diciendo “estoy mal”, sino algo más preocupante: “todo está normal”. En psicología, esto puede entenderse como normalización del trauma, es decir, cuando hechos que antes causarían shock ahora se vuelven parte del día a día. Freud explicaba que la mente busca protegerse del exceso de dolor, y Judith Herman señala que en contextos de violencia repetida las personas reacomodan su percepción para seguir funcionando. Ejemplo claro: cuando ocurre un ataque armado en una colonia y al día siguiente la conversación gira más en torno a “en qué zona fue” o “a qué hora” que al horror del hecho en sí. Ya no se discute si es grave, se asume que lo es y se pasa a sobrevivirlo.
Lo que se observa es un estado de hipervigilancia (DSM-5, APA), es decir, alerta constante. La gente revisa redes, grupos de WhatsApp o transmisiones en vivo para saber dónde hubo balazos, retenes o movimientos. Esto no es simple curiosidad, es orientación para decidir si salir, por dónde moverse o a qué hora regresar. Como plantea Bessel van der Kolk, el cuerpo se queda en modo alerta incluso cuando no hay peligro inmediato. Ejemplo en Sinaloa: personas que cambian rutas, cancelan salidas nocturnas o se mantienen pendientes del celular por si “se pone feo” en alguna zona. La mente no descansa del todo, siempre está calculando riesgo.
También aparece la disociación emocional. Freud hablaba de escisión, y Pierre Janet de fragmentación de la experiencia. En términos simples, es cuando lo que se vive no se siente con la misma intensidad. Ejemplo muy claro: narrar una balacera con tono casi neutral, o incluso con humor negro tipo “otra vez se soltó el desmadre”, no porque no impacte, sino porque sentirlo completo sería demasiado. La emoción se baja para poder seguir trabajando, estudiando o cuidando a la familia.
Otro punto clave es la indefensión aprendida (Seligman). Después de ver repetidamente que las cosas no cambian de fondo, muchas personas dejan de creer que puedan influir en la situación. Ejemplo: comentarios como “da igual quién esté”, “esto no va a cambiar”, o la decisión de no involucrarse en temas públicos porque se percibe que no tiene efecto. No es apatía total, es una adaptación basada en experiencias previas donde el esfuerzo no produjo resultados visibles.
La relación con la autoridad se entiende desde la confianza institucional (Luhmann). La gente necesita creer en el orden, pero al mismo tiempo duda de él. Ejemplo: cuando anuncian un nuevo secretario de seguridad o un operativo, algunos lo ven como avance, mientras otros dicen “es lo mismo de siempre”. Las dos lecturas coexisten porque la confianza no está consolidada. Esto genera una postura de observar sin comprometerse emocionalmente del todo.
El miedo se vuelve cotidiano, como explica la psicología ambiental. El espacio cambia de significado. Ejemplo: colonias que antes eran solo zonas de paso ahora se identifican como “calientes”, horarios que se evitan, o decisiones como “mejor no salgo hoy en la noche”. No es paranoia, es una reorganización de la vida basada en experiencias reales o cercanas.
Desde Jung, se puede hablar de la sombra colectiva, es decir, la integración de lo negativo en el imaginario social. Ejemplo: el uso constante de referencias a la violencia en conversaciones, memes o bromas. No es celebración, es una forma de procesar lo que se vive. La violencia se vuelve parte del lenguaje y de la identidad cultural en ciertos niveles, aunque incomode.
A pesar de todo, hay resiliencia (Cyrulnik). La gente sigue adelante. Ejemplo: negocios que abren todos los días, familias que siguen haciendo su vida, jóvenes que estudian, personas que emprenden. No es que no pase nada, es que la vida no se detiene. Esta resiliencia es práctica: adaptarse sin rendirse, aunque el entorno sea difícil.
En síntesis, lo que se vive es un estrés crónico adaptativo. La mente colectiva se mantiene alerta, reduce emociones, se acostumbra a lo difícil y sigue funcionando. Ejemplo claro: una jornada donde hay hechos violentos, pero al mismo tiempo la ciudad sigue moviéndose, trabajando, consumiendo, viviendo. No es normal en el sentido sano, pero sí es una forma de adaptación. A largo plazo, esto puede llevar a dos caminos: que cada vez se sienta menos o que, en algún punto, la misma sociedad busque recuperar el control y cambiar la forma en que vive.
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